Por Pablo Giordano, periodista.
Camilo Escalona era una persona de una nobleza de espíritu excepcional y de una vocación política total: la meta política hecha persona. Una figura respetada de izquierda a derecha, pero por sobre todo, un hombre de una calidad humana profunda.
Lo conocí siendo estudiante universitario, en el marco de un seminario sobre la concentración de los medios de comunicación en Chile. Tiempo después tras titularme de periodista, pasé a formar parte de su equipo. Llegué durante su último año como presidente del Partido Socialista, lo acompañé en sus últimos cuatro años de senaduría por la Región de Los Lagos y estuve a su lado cuando ejerció la presidencia del Senado. Fue un privilegio ser testigo directo de todo ese período de su gestión en altas esferas del Estado.
Me encomendó especialmente abrir ventanas de información para que organizaciones sociales, sindicatos y personas naturales pudieran acceder a las herramientas y beneficios del Estado. Su preocupación por el respeto irrestricto a los derechos humanos y laborales era permanente y transversal.
Aunque proyectaba un carácter fuerte, en la intimidad del trabajo diario se revelaba un hombre profundamente empático ante el dolor ajeno. Dedicó su vida a trabajar por los marginados y por quienes no tenían voz. Fui testigo de cómo, en reuniones, puntos de prensa y actividades de toda índole, era reconocido por una capacidad de gestión política brillante y una oratoria magistral, propia de los grandes líderes que dejan una huella imborrable. Un hombre sencillo y humilde, poseedor de una enorme sabiduría forjada al superar los obstáculos de una vida dura.
Trabajamos codo a codo con pescadores artesanales, la confederación de trabajadores de la industria del salmón, dirigentes de la CUT, líderes sociales y actores políticos de los más diversos sectores por el desarrollo de la región y del país. Trabajadores y trabajadoras lo recibían con un afecto auténtico. Recuerdo cómo las vendedoras de Chacao le demostraban siempre un cariño sincero, o cómo, de manera completamente anónima, cada Navidad llevaba regalos a los niños de la Aldea SOS en Ancud.
Aún recuerdo cuando me habló sobre lo doloroso que fue el exilio, la separación forzada de su familia y el recuerdo de tantas vidas perdidas en el camino. A pesar de esa historia compleja, encarnó siempre un ejemplo de resiliencia, firmeza y resistencia ante la adversidad.
Guardo en la memoria un episodio muy especial. Durante una jornada de campaña, mientras le pedía una cuña a la señora Ángela Jeria —madre de la presidenta Michelle Bachelet—, ella me tomó del brazo y me dijo: “Dígale a Camilo que yo y Michelle sabemos que es un gran político, uno de los mejores de los nuestros, un hombre de Estado y de gran calidad humana”. Al rato, ya instalados en el vehículo, Camilo me observó y me comentó: “Pablo, lo vi conversando muy cercano a la señora Ángela…”. Le transmití sus palabras exactas. Al escucharlas, quedó en silencio, pensativo por unos momentos. Luego, para romper la emotividad del instante, comenzó a lustrar sus zapatos en el auto, antes de concentrarse nuevamente en revisar las minutas de las próximas reuniones y su habitual columna de opinión. Es con esa mezcla de sencillez, disciplina y aplomo con la que lo recordamos quienes tuvimos el honor de trabajar a su lado.
Hablar de Camilo es repasar el guion de una vida extraordinaria: un hombre de origen popular que, a fuerza de convicción, perseverancia y valentía, llegó a presidir el Senado y a convertirse en uno de los dirigentes políticos más influyentes de las últimas décadas y en una figura fundamental del socialismo chileno. Un fuera de serie.
Muchas gracias, Camilo, por el camino compartido, por los aprendizajes y por la confianza otorgada. Me quedo con el orgullo de haber sido parte, desde mi labor como periodista, de una etapa importante de su historia. La historia de Chile sabrá ponderar y agradecer su valioso aporte a la justicia social y a la democracia.
Un abrazo fraterno a su familia y a todos sus seres queridos, amigas y amigos.


